10 de enero de 2020

El vínculo que sana, el vínculo que hiere

Mi pedacito de historia va sobre una madre soltera demasiado joven para criar a sus hijos: no solo en la edad, sino en la madurez, dejando así de lado todas las obligaciones importantes para que una niña cómo yo no acabase en lo peor.

Sin un padre al que acudir y con una madre adicta a trabajar de noche y salir cada dos por tres, mí historia se resume en un montón de faltas de asistencia escolares, traumas infantiles y una constante sensación de abandono: una etapa de instituto, sin ningún control ni en los estudios ni en las altas horas en las que regresaba a casa. Tampoco con las personas peligrosas a las que me acercaba.

Una niña que tenía que hacer de madre a su propia madre, una niña que se peleaba constantemente para liberar todo el odio y el dolor que llevaba dentro, y que a nadie le importó. Una niña que vio más de lo que debía (drogas, sexo, navajas, alcohol), una niña que al llegar a casa veía a su madre con su nuevo novio, el cual acabó siendo un militar que le pegaba palizas brutales, incluso estando embarazada de mí nuevo hermano.

Y ahí estaba yo, con malas compañías que me tentaban a lo peor, expulsada del instituto por pelearme, y encerrando a mí madre para que su pareja no la matase, quien incluso llegó a amenazarme con un machete en más de una ocasión.

Al final todo se resume en la fuerza de voluntad: en ver lo que está bien y lo que está mal.

Jamás tome drogas, terminé apartandome de las malas amistades, trabajé mi ira y no volví a pelearme. Las pareja de mí madre terminó en la cárcel después de denunciarlo.

Me mudé lejos de casa con 18 años y a día de hoy me sigo preguntando... ¿cómo lo he logrado?

Un niño necesita la calidez del hogar, una familia, unos horarios y sobretodo un control. Necesita cometer errores y tener a sus padres al lado.

Yo por desgracia lo aprendí sola. 

Anónima.

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