29 de octubre de 2019

Traspasando el verso


ENTREVISTA A ENRIQUE SANDAMIL

Siendo los poemas tan tangibles como el humo, solo podemos agarrarnos a la tinta para intentar comprender la esencia del creador. Pero cuando el cartucho de la impresora se queda vacío, lamentablemente, solo se puede recurrir al poeta. Esos seres de escritura incomprensible, mentes enredadas y sentimientos desdibujados que, si escribiendo te confunden, hablando lo hacen aún más.  

Enrique Sandamil, un hombre recio de barba recortada y ojos somnolientos se sienta nervioso en el sofá. “Inquieto, borroso y poco entusiasta”. Cinco palabras como carta de presentación. El poeta pierde la mirada, y con sumo sosiego empieza el dialogo. “Me hubiera gustado hacer la entrevista fumando”, se lamenta jocoso. “¿Cuántos tengo? Veintisiete creo”.

Nacido en Getafe, criado en Torrejón de Ardoz y veraneando cerca de Madrid, Enrique vive en el ombligo de España. “Un amigo dice que Torrejón es gris, y sí, creo que tiene razón”. Se le ve cómodo. Quizá porque no ha vivido en otro sitio, quizá porque Torrejón todavía le proporciona un mínimo de paz que no encontraría en una gran ciudad. “Tampoco quiero quedarme aquí toda la vida”. El irse como símbolo de nuevos comienzos revolotea por su mente, inquieto, como de costumbre. “Irse sería empezar de nuevo”. Pregunto por sus días de calor, por su infancia, por su pueblo. “He pensado en vivir allí, aun sabiendo que hay a quienes le parece estúpido”. Considerando si sería excesiva la calma que encontraría añade: “Me aislaría demasiado”.

Entro en terreno revuelto, le pregunto qué tipo de poeta se considera. Se ríe. “Esta es jodida”. No llega a ninguna conclusión. “No lo sé, no sé que tipos de poetas hay. Uno es poeta y punto, no hay mucho más”. Ya ha respondido, pero sigue pensando. “Hago poesía cruda, incluso triste. La belleza hay que vivirla y expresarla, pero para mí no tiene tanto sentido escribir sobre la alegría. Siempre es más fácil de contar”. Siguiendo el sendero que ha dejado abierto le pregunto si es feliz. “Lo sabré cuando haya muerto. Cuando me siento bien escribo menos, no pierdo el tiempo, lo disfruto”. Su idea es clara, estar siempre feliz es absurdo. Toco la tristeza, la soledad y la angustia. “Nos empeñamos en ver esos sentimientos como negativos, pero son necesarios para superar situaciones complicadas”. Mira a su pareja, sentada a su derecha. “Incluso cuando hay amor. Algunos lo tachan de cruel, pero no es así, el verdadero amor te permite ir más allá porque hay sinceridad”. Quiero seguir, porque el amor lo vence todo, pero el tiempo vence al amor. Sin embargo, no hago más preguntas, Enrique sigue pensando. Silencios muy significativos, propios de él.

“No me considero ni me quiero considerar especial. Esa filosofía barata que nos venden… Soy uno más que vive y está aquí. Otro que terminará bajo tierra”. En busca de la sustancia, indago. Finalmente encuentro tinta. Pero tras el humo aparecen también güisqui y tabaco. “La gente dice que es todo malo, pero es lo que más me define. Cuando lo digo a veces siento pena. Creo que se valora poco: como algo excepcional, sí, pero inservible.” Hace una pausa, su propia filosofía ha entrado en juego. “No me he convertido en una herramienta útil en este mundo”. Vuelve a reír, esta vez un poco más cansado. “Por suerte esos pensamientos se me pasan rápido. Solo tengo que sentarme y escribir”. Reflexiones complicadas, rozando lo peliagudo incluso. Enrique se abre por completo. Relatando a grandes rasgos su vida más allá de los hechos llega a la conclusión de que se encuentra en un buen momento personal. Después de largas etapas de incertidumbre está disfrutando, sabiendo que un día puede perder, pero sin miedo a ello.

En su vida predomina la duda. Y una de sus grandes preocupaciones es el convertirse en un buen hombre. “No quiero ser una persona gris, individualista, competitiva”. Siendo la mente de por sí compleja, me pregunto en qué lugar se encuentra su autosatisfacción. “Bueno, creo que nunca hay que estar satisfecho. Me considero en continuo aprendizaje”. Se llama a si mismo terco y cabezón. “Cuando me siento estúpido, leo. Cuando me dicen que soy estúpido y me lo argumentan, leo más. Y creo que debería ser siempre así. Si piensas que eres perfecto tienes un problema”.

CONSIGUE EL POEMARIO DE ENRIQUE
“No recuerdo cómo me veía cuando era pequeño. Seguramente escritor no”. De alguna manera siente que encontró su recorrido. Sin saber lo que quería estudiar, sin tener claro en qué quería trabajar, se llenó de dudas existenciales. Un hombre repleto de incógnitas que trazó las primeras letras de su poemario. “Me he reafirmado a mí mismo. Nunca pensé en publicar un libro, pero me ha dado una identidad. Laboralmente también soy poeta, pienso que debería considerarse un trabajo”. Con una etiqueta de vida ha logrado encajar en su propia mente. Ahora ve su persona como algo más que un chico que trabaja o un chico que juega al rugby de vez en cuando. “Las personas flipan. Es la novedad”. La poesía le ha dado un nuevo lugar. Tanto sus amigos como su familia han conocido una nueva faceta suya con la que se sienten más cercanos a él. “Siempre fueron poemas”. Intentó escribir un ensayo donde mostrar sus ideas sin preocuparse por las rimas, alejándose de la lírica. “En la narrativa no me siento cómodo, los poemas tienen una fuerza que la narrativa no tiene”.

Le pregunto por el mundo. Suspira, piensa, mira a la nada. Otra gran cuestión. “Me sale decirte que me importa una mierda. Lo mejor que le podría pasar al mundo es que la raza humana desapareciera. El mundo es algo que nos soporta, que nos está aguantando y nosotros nos encargamos de destruir su belleza”. Vuelve a suspirar. “Nunca he querido salvar mi mundo, ni el mundo en general. Los que van de salvadores se equivocan. Hay cosas que no merecen ser salvadas, cosas destinadas a morir. Unas acaban y otras empiezan”.

Entrados ya en temas tan abstractos, hablamos del destino. “Creo que tenemos elección en muchas cosas y nos da miedo esa posibilidad de elegir”. Cuando se tiene el sendero hecho no hay que plantearse demasiadas cosas. Su postura es contundente. “Yo no soy valiente en muchas ocasiones. Suelo elegir la opción que menos me moleste en mi día a día”.

España termina cobrando protagonismo como toda gran cuestión. “Pereza”. Su sentir a la siniestra hace que el hastío se apodere del ambiente. “El país va a peor, ¿y sabes? Casi que prefiero que vaya así”. La impotencia viste su rostro: “Es lo que nos merecemos. Estamos repitiendo la historia y cabe mencionar que la de este país no es buena”. Mira la política actual con desolación, sintiéndose desamparado. “La puta izquierda y su idea de separarse”. El patriotismo, una vez más, crea conflictos internos: “Mi patria es mi casa, mi familia, mi gente”. Sin ningún sentimiento nacionalista acepta el amor por su tierra distinguiendo su afecto “amo a mi país porque amo su cultura y, sobre todo, amo a mi país porque lo entiendo como todas las personas que viven en él”. Citando a Oscar Wilde: “El patriotismo es la virtud de los depravados” concluye sus palabras.

Le pregunto por el ser humano: “Es un poco hijo de puta”. Junta las manos. “Los humanos somos crueles porque somos inteligentes. Y en los últimos tiempos nos decantamos por lo más oscuro”.

La entrevista se va apagando, y como todo tiene un fin, le pregunto por la muerte. “Follando, sería una maravillosa forma de morir”. La habitación estalla en carcajadas. La ilusión del poeta cae y finalmente solo queda el hombre. 

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